JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —¡A mÃ! —dijo Gilberto—, no hay razón alguna para que me despidan.
—Oye, ¿te ha dado permiso el barón para que hagas el amor a su hija? No me figuraba yo que fuese tan filósofo.
Con una sola palabra le bastarÃa a Gilberto para justificarse con Nicolasa, o al menos para demostrarle que no habÃa complicidad por parte de Andrea, pues sólo con referirle cuanto habÃa presenciado, por más increÃble que pareciera, gracias a esa buena opinión que las mujeres forman unas de otras, no hubiera dudado en creerlo. Pero una idea oculta detuvo al joven en el momento mismo de hacer aquella revelación. El secreto de la hija del barón era de aquellos que hacen rico a un hombre, bien ambicione los tesoros del amor, bien codicie otros materiales y positivos.
Del primer género eran los que pretendÃa nuestro joven, calculó que la indignación de la doncella era menos peligrosa, que apetecible la posesión de su ama. Y, por lo tanto, decidióse a ocultar las novelescas aventuras de aquella noche.
—Pues lo quieres, expliquémonos.
—Muy pronto —respondió Nicolasa, cuyo carácter completamente opuesto al de Gilberto, no le hacÃa dueña de disimular ninguna de sus sensaciones—; Pero ahora comprendo que tenÃas razón al decir que no estábamos bien aquÃ: vamos a mi aposento.