JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —¡A tu cuarto! —repuso temeroso el joven—; no puede ser.
—¿Y por qué?
—¿Y si nos sorprendieran?
—¡Eres demasiado miedoso! —replicó aquella con desdeñosa sonrisa—; ¿quién vendrá a sorprendernos? ¿La señorita quizá? Efectivamente, estará muerta de celos por tan esbelto doncel; pero poco se teme a las personas cuando se conocen sus secretos. ¡Ah!, ¡ah!, ¡con que la señorita Andrea tiene celos de Nicolasa! Por mi vida que nunca esperé tal honor.
Y una sarcástica carcajada y terrible como el sordo rumor de una lejana tormenta, sobresaltó a Gilberto más que pudiera hacerlo una invectiva o amenaza.
—Nicolasa, yo no temo por la señorita, sino por ti.
—¿SÃ?… ¡ya te comprendo…! Ahora recuerdo que te he oÃdo afirmar que donde no hay escándalo, no existe culpa. A veces se vuelven jesuitas los filósofos, aunque el vicario de la Anunciada me ha dicho también eso mismo antes que tú. Por eso tal vez os citáis la señorita y tú durante la noche. En fin, basta ya de malas razones; vamos a mi cuarto.
—¡Nicolasa…! —dijo Gilberto rechinando los dientes.
—¡Qué…!