JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —¡Cuidado conmigo…! —contestó aquel con un ademán amenazador.
—¡Bah!, no me espantas. Una vez me pegaste porque tenÃas celos… Entonces me querÃas todavÃa… ocho dÃas después de nuestro dÃa feliz; y yo me estuve quieta. Pero hoy, no sufriré que me pegues, ¿lo entiendes?… ¡No!, ¡no!, porque ahora soy yo la celosa y tú no me quieres.
—¿Qué harás? —dijo aquel, cogiéndola por la muñeca.
—¿Qué qué haré? Gritar tanto, que la señorita vendrá a enterarse con qué derecho das a Nicolasa lo que es de ella sola en este momento. Con que haz el favor de soltarme, que te conviene.
Dejó libre la mano de la doncella, y arrastrando con precaución su escalera, Gilberto la colocó en la parte exterior del pabellón de manera que alcanzase casi a la ventana de Nicolasa.
—Para que veas lo que es la buena suerte, esa escalera que tú destinabas seguramente para asaltar la estancia de la señorita, va a servir para que bajes con el mayor primor de la boardilla de Nicolasa Legay. ¡Qué agradable es esto para mÃ!