JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Creyendo la doncella tener el triunfo asegurado, se apresuró a aprovecharse de él con la precipitación de aquellas mujeres, que si no son en efecto superiores a sí mismas en el bien o en el mal pagan siempre muy caro este tan decantado primer triunfo.
Gilberto, que conoció lo falso de su situación, siguió a la joven, reuniendo todas sus ideas y preparándose para la lucha que iba a sostener.
Como hombre prudente, se cercioró de dos cosas. Primero, se informó al pasar por la ventana de la hija del barón, que esta continuaba en la sala; y luego que llegó al cuarto de Nicolasa, que podía, sin peligro de romperse la cabeza, ganar el primer escalón y deslizarse hasta el suelo.
El aposento de Nicolasa era un desván, cuyas paredes se hallaban ocultas bajo un papel de fondo gris con ramos verdes. Sus muebles consistían en un catre, una gran maceta de geranio, colocada junto a la ventanilla, y una enorme caja de cartón, que Andrea le había prestado, la cual desempeñaba al mismo tiempo los oficios de cómoda y mesa.
Nicolasa se tranquilizó mientras subía la escalera; Gilberto, por el contrario, temblando aún por el recuerdo de las agitaciones que había sufrido, no podía adquirir su carácter sereno, y se irritaba a medida que la joven se tranquilizaba por el conocimiento de su superioridad.