JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Entonces todo lo adivinó el mancebo, la fuga de Nicolasa, el dinero que dio a Beausire, el que estuviese la puerta abierta, la conducta de Richelieu, la de Taverney, y esa intriga extraña y tenebrosa de que la joven era el centro.
Pero al pensar lo que el rey había ido a hacer en aquel aposento; al pensar lo que iba a ocurrir en presencia suya, se le subió la sangre a los ojos.
Tuvo deseos de gritar, pero el miedo, ese sentimiento irreflexivo, caprichoso e irresistible, el miedo que le causaba aquel hombre, lleno todavía de prestigio, que se llamaba rey de Francia, le ató la lengua en el fondo de la garganta.
Mientras, Luis XV había entrado en el aposento con la bujía en la mano.
Apenas puso los pies en él, percibió a Andrea envuelta en su peinador blanco de muselina, y más bien desnuda que arropada, con la cabeza apoyada en el respaldo del sofá, descansando una pierna sobre el cojín, mientras que, tiesa y descalza la otra, yacía sobre la alfombra.