JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Gilberto le vio aproximarse a tientas a la cama de Andrea, hacer un gesto de sorpresa al ver que estaba vacía y al mismo tiempo tropezar con el brazo en la bujía que estaba sobre la consola.

La bujía cayó, y Gilberto oyó el ruido que sobre el mármol de la mesa produjo la arandela de cristal.

Entonces, aquel hombre pronunció dos veces con voz ahogada y como llamando:

—¡Nicolasa! ¡Nicolasa!

—¿Cómo Nicolasa? —se dijo Gilberto desde el fondo de su escondite—: ¿Por qué llama ese hombre a Nicolasa en vez de llamar a Andrea?

Pero viendo que nadie contestaba, el incógnito alzó del suelo la bujía, y andando de puntillas la encendió en la lamparilla que había en la antesala.

Entonces fue cuando Gilberto concentró toda su atención en aquel extraño y nocturno visitante; entonces fue cuando sus ojos hubieran atravesado un muro, gracias a la activa voluntad con que procuraban ver.

De pronto se estremeció Gilberto, y a pesar de que estaba escondido dio un paso atrás.

Al combinarse el resplandor de las dos llamas, se estremeció Gilberto, lo repetimos, quedando medio muerto de asombro, porque en el hombre que tenía la bujía en la mano, había conocido al rey.


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