JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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En esta última pieza había una lamparilla ardiendo y colocada sobre una consola, y a Gilberto se le ocurrió desde luego apagarla como a la bujía, pero no tuvo tiempo, el paso crujió en los ladrillos del corredor, oyóse una respiración algo oprimida, en el umbral apareció la sombra de un hombre, se deslizó tímidamente en el aposento y volvió a empujar la puerta, cuyo cerrojo echó.

Gilberto sólo tuvo tiempo para ocultarse en el gabinete de Nicolasa y tirar hacia sí de la puerta vidriera.

Al momento contuvo el aliento, pegó el semblante a los cristales y aplicó ambos oídos.

La tormenta rugía solemnemente en el espacio; gruesas gotas de agua golpearon los cristales de la ventana de Andrea y los de la del corredor, donde otra que se había quedado abierta rechinaba sobre sus goznes, y rechazada de vez en cuando por el viento que se introducía en el corredor, daba fuertes portazos contra el marco.

Pero ninguno de estos horrores de la Naturaleza hizo que Gilberto apartase su atención del hombre que había entrado.

Este había atravesado la antesala, pasado por delante de Gilberto, y entrado en el aposento sin titubear.


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