JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Gilberto, a quien pretendía robar el rey en su regia lujuria tantas bellezas expuestas a sus miradas, rechinó los dientes y abrió el cuchillo cerrado hasta entonces.
Pero ya había soltado el rey el pie de Andrea, como lo hizo con la mano y el rostro, y sorprendido con el sueño de la joven, sueño que atribuyó al principio a gazmoña coquetería, procuraba descubrir de qué provendría aquel frío mortal que había invadido las extremidades de aquel hermoso cuerpo, y se preguntaba si había dejado de latir el corazón cuando la mano, el pie y el rostro estaban tan helados.
Apartó, pues, el peinador de Andrea, descubrió su virgíneo pecho, y con su mano cobarde pero cínica, interrogó el corazón mudo bajo aquella carne tan helada como el alabastro, cuya blancura sus redondas formas tenían.
Gilberto, con los ojos chispeantes y empuñando el ancho cuchillo, salió decidido, si el rey pasaba más adelante, a darle de puñaladas y matarse después.
En aquel instante un trueno espantoso hizo temblar todos los muebles de la habitación y hasta el sofá, delante del cual se encontraba arrodillado Luis XV, y otro relámpago amoratado y sulfúreo arrojó sobre el semblante de Andrea una llama tan azulada y viva, que aterrorizado el rey de aquella palidez, aquella inmovilidad y aquel silencio, retrocedió murmurando: