JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —¡Está muerta!
Y se le ocurrió la idea de que habÃa abrazado un cadáver, y esta sola idea estremeció todo su cuerpo; fue por la bujÃa, volvió adonde se hallaba Andrea, y se puso a mirarla al resplandor de la oscilante llama. Al contemplar aquellos labios cárdenos, aquellas orejas, aquellos cabellos sueltos, y aquella garganta que no levantaba ningún aliento, dio un grito, dejó caer la bujÃa, se tambaleó, y como si estuviese borracho, se dirigió dando traspiés a la antesala, siendo tan grande su espanto que tropezó en el tabique.
Luego se le oyó bajar apresuradamente la escalera. Luego crujir la arena del jardÃn hasta que entre el ruido de la tempestad se confundió el rumor de los pasos…
Entonces Gilberto, con el cuchillo en la mano, salió mudo y sombrÃo de su escondrijo, se adelantó hasta el umbral del aposento de Andrea, y durante algunos segundos contempló a la hermosa joven sumergida en un profundo sueño.
Mientras tanto, la bujÃa que habÃa caÃdo en el suelo ardÃa sobre la alfombra, alumbrando el pie delicado y la pantorrilla tan pura de aquel cadáver adorable.