JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Gilberto cerró poco a poco su cuchillo, y mientras tanto tomaba su rostro insensiblemente el carácter de una resolución inexorable, después de lo cual fue a escuchar a la puerta por donde habÃa desaparecido el rey.
Enseguida hizo lo que habÃa hecho el rey, esto es, cerrar la puerta y correr el cerrojo, y apagó la lamparilla que ardÃa en la antesala.
Luego, en fin, con la misma lentitud y el mismo fuego sombrÃo en sus ojos, volvió a entrar en la habitación de Andrea y puso el pie sobre la bujÃa, que se corrÃa sin llegar al pavimento.
Una oscuridad repentina apagó la sonrisa funesta que se dibujó en sus labios.
—¡Andrea! ¡Andrea! —murmuró—, te prometà que la tercera vez que cayeras en mi poder no te escaparÃas como las dos primeras. ¡Andrea! ¡Andrea! La novela terrible que según tú habÃa yo compuesto va a tener un desenlace terrible también.
Y dirigiéndose al sofá estrechó entre sus brazos a la joven frÃa, inmóvil, privada por completo del sentido.