JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Balsamo partió de Trianón arrebatado por el galope impetuoso de Djerid, a quien alentaba con sus exclamaciones, y anduvo una legua despidiendo de sus ojos un brillo tal, que semejaba en aquella noche tempestuosa un genio desprendido del rayo.
Así atravesó Versalles, anduvo otra legua, y a pesar de que en las dos andadas sólo había empleado Djerid quince minutos, a él le parecían siglos.
De repente surcó su mente un pensamiento, y entonces paró sobre sus nerviosos jarretes, al corcel, cuyos músculos eran de hierro.
Al detenerse Djerid, dobló los cuartos traseros y clavó las manos en la arena.
El jinete y el caballo respiraron un momento.
Al mismo tiempo que respiraba, levantó Balsamo la cabeza.
Después se pasó un pañuelo por las sudorosas sienes, murmurando: