JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —¡Oh!, no, no, me equivoco; no creo en ello y me atrevo a confiar a pesar de que la voluntad lo es todo. ¡Oh!, lo quiero no obstante, lo quiero con todo mi poder. Cruza los aires, voluntad suprema; atraviesa todas esas corrientes de voluntades antipáticas o indiferentes; atraviesa las murallas como una bala de cañón; persÃguela a cualquier sitio adonde se dirija; ¡anda, descarga el golpe, destruye! ¡Lorenza, duerme! ¡Lorenza, enmudece!
Y dirigió por algunos momentos su pensamiento hacia el logro de este fin, grabándolo en su cerebro como para darle más vuelo cuando brotase hacia ParÃs; y terminada esta operación misteriosa, a que concurrieron seguramente todos los átomos divinos, animados por Dios, soberano señor de todas las cosas, Balsamo, con los dientes todavÃa apretados y crispadas las manos, soltó las riendas a Djerid, pero sin aplicarle ni la rodilla ni la espuela.
Balsamo querÃa convencerse a sà mismo. El noble corcel empezó a andar tranquilamente, según el permiso tácito que le concedÃa su amo, sentando sobre el empedrado del camino con esa delicadeza particular de su raza el pie casi sin producir ruido, a fuerza de ser ligero.