JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico En tanto Balsamo, a pesar de que los hombres superficiales que le hubieran visto en aquella actitud habrÃan creÃdo que hacÃa mal en ir tan despacio, combinaba allá para sà todo un plan de defensa, plan que acababa en el mismo instante en que Djerid tocaba el empedrado de Sèvres.
Asà que llegó frente a la verja del parque se paró y miró en torno suyo; como si aguardara a alguien.
Al punto se destacó un hombre de una puerta cochera y fue donde él se hallaba.
—¿Eres tú, Fritz? —preguntó Balsamo.
—SÃ, señor.
—¿Has averiguado?
—Todo cuanto he podido.
—¿Está en ParÃs la condesa du Barry o en Luciennes?
—Se encuentra en ParÃs.
Balsamo dirigió al cielo una mirada de triunfo.
—¿Cómo has venido?
—En Sultán.
—¿Dónde lo has dejado?
—En el patio de esa posada.
—¿Ensillado?
—Y con la brida puesta.
—Perfectamente, en marcha.