JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Fritz fue a desatar a Sultán, que era uno de esos valientes caballos alemanes, dotados de inmejorable carácter, que murmuran algo en las marchas forzadas, pero que no por eso cesan de andar mientras les queda un resto de aliento en los ijares, y el jinete tenga espuela.

Fritz volvió a buscar a Balsamo que escribía a la luz de un farol que los señores recaudadores del impuesto sobre los animales semovientes o no semovientes tienen constantemente encendido para sus operaciones fiscales.

—Ve a París —dijo—, y entrega esta esquela a la señora condesa du Barry, esté donde esté; para ello tienes media hora, y después que lo hayas evacuado volverás a la calle de San Claudio, donde te estará esperando la señora Lorenza, que no puede menos de volver. Déjala pasar sin hablarle, ni ponerle el menor obstáculo; anda y acuérdate sobre todo de que debes desempeñar tu comisión en media hora.

—Perfectamente —dijo Fritz.

Y clavando la espuela en el ijar de Sultán que admirado de aquella agresión a que no estaba habituado, echó a correr lanzando un relincho lastimero y se perdió en la oscuridad de la noche.

En tanto Balsamo fue tranquilizándose poco a poco y tomó el camino de París, donde entró al cabo de tres cuartos de hora, con rostro casi fresco y la vista tranquila, o mejor dicho pensativo.


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