JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico De lo demás Balsamo tenÃa razón: por muy rápido que anduviese Djerid, como hijo que era del desierto, tenÃa que tardar, y únicamente su voluntad podÃa caminar tan de prisa como la joven se habÃa escapado de su prisión.
Desde la calle de San Claudio se dirigió Lorenza al baluarte, y torciendo a la derecha no tardó en divisar los muros de la Bastilla; pero, como siempre habÃa estado encerrada, no sabÃa andar por ParÃs.
Acababa, pues, de llegar al barrio de San Antonio turbada y de prisa, cuando se llegó a ella un joven que iba tras ella hacÃa algunos minutos asombrado.
Porque Lorenza, natural de las cercanÃas de Roma, y que siempre habÃa llevado una vida excepcional, no habÃa seguido los caprichos de la moda, y su traje era más bien oriental que europeo, es decir, siempre holgado, siempre suntuoso, y diferenciándose mucho del de estas bonitas muñecas encerradas como avispas en un largo corsé, y crujiendo trajes de seda y muselina, bajo los que casi es inútil buscar un cuerpo, gracias al afán con que pretenden aparecer como inmateriales.