JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Después de todas aquellas preguntas y respuestas se dijo a la joven que M. de Sartine no estaba en casa, y que era necesario que esperase su vuelta.
La joven se sentó en la antesala, y silenciosa esperó hasta que sonó una campanilla y se oyó rodar por el patio un carruaje, y otro portero fue a comunicarle que M. de Sartine la estaba esperando.
Lorenza se levantó y atravesó dos salas llenas de gente de aspecto sospechoso, y trajes aun más extraños que el suyo, hasta que al fin la introdujeron en un gran gabinete de forma octógona, alumbrado por una porción de bujías.
Un hombre de cincuenta a cincuenta y cinco años, envuelto en una bata, y adornado con una gran peluca, pastosa con los polvos y el rizado, trabajaba sentado delante de un mueble alto en su forma, cuya parte superior, que era semejante a un armario, se componía de dos tableros de cristal azogado, en que veía el que allí estuviese trabajando, sin molestarse, a los que entraban en el gabinete, y podía estudiar su rostro antes que tuvieran tiempo de acomodarlo al suyo.