JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Aquel traje, aquel rostro, aquel modo de andar, llamaron la atención del teniente.
—¿Quién sois? —preguntó sin moverse, pero mirando en el espejo—; ¿qué me queréis?
—¿Estoy —contestó Lorenza—, en presencia de M. de Sartine, teniente de policÃa?
—Sà —respondió este con voz breve.
—¿Quién me lo asegura?
M. de Sartine se volvió diciendo:
—¿Será para vos una prueba de que soy el hombre a quien buscáis el que os encierre en un calabozo?
Lorenza no replicó.
Lo que hizo fue mirar en derredor con esa dignidad extraña, caracterÃstica en las italianas, por ver si encontraba la silla que M. de Sartine no le ofrecÃa.
Aquella mirada fue suficiente para desarmar a este, pues el conde de Alby de Sartine era hombre bien educado.
—Sentaos —dijo bruscamente.
Lorenza aproximó un sillón y se sentó.
—Hablad pronto —dijo el magistrado—: Vamos, ¿qué queréis?
—Caballero —dijo la joven—, vengo a solicitar vuestra protección.
M. de Sartine la miró de un modo camastrón, natural en él.
—¡Ah!, ¡ah! —exclamó.