JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Aquella lista le pareció de importancia, pues estaba muy gastada por las márgenes, y tenía muchas señales hechas con lápiz. Entonces tocó la campanilla M. de Sartine y entró un criado.

—Que venga enseguida —dijo— el encargado de la chancillería; pero que pase de las oficinas por medio de la habitación para ahorrar tiempo.

El ayuda de cámara salió.

Dos minutos después se presentó en el umbral del gabinete un empleado, con la pluma en la mano, el sombrero debajo de un brazo, un voluminoso registro debajo del otro y manguitos de sarga negra sobre las mangas de la casaca. M. de Sartine lo vio en su espejo y le tendió el papel por encima del hombro.

—Descifrad eso —le dijo.

—Está bien, monseñor —contestó el empleado.

Aquel adivinador de charadas era un hombre bajo y delgado, de labios fruncidos, arrugado entrecejo a fuerza de investigar, cabeza pálida y puntiaguda de arriba a abajo, barba afilada, frente hundida, juanetes prominentes y ojos apagados, que se animaban por segundos.

M. de Sartine le llamaba Garduña.

—Sentaos —le dijo el magistrado al verle azorado con su capelino, su códice de cifras, su nota y su pluma.


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