JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Vamos a la cuestión —prosiguió Balsamo—. Asà como vos sabÃais, porque tenéis una policÃa, que yo era el conde de Fénix, yo sé que vos sois M. de Sartine.
—¿Y qué más? —preguntó este cortado—. SÃ, soy M. de Sartine. ¡Vaya una noticia!
—Pero, caballero, entendedme de una vez: ese M. de Sartine es justamente el hombre de los libros de caja, de los monopolios y el tráfico; el que, ya sin saberlo el Rey, ya con su conocimiento, comercia con los estómagos de veintisiete millones de franceses, estómagos cuyas funciones piden ser alimentadas del mejor modo posible. Ahora bien, ¡figuraos qué efecto no producirá semejante descubrimiento! El pueblo no os ama, el rey no es un hombre muy compasivo, y asà que los hambrientos pidan a voces vuestra cabeza, a fin de alejar la menor sospecha de connivencia con vos, si es que la hay, o para hacer justicia si no hay complicidad, se apresurará Su Majestad a disponer que os cuelguen, como lo fue Enguerrando de Marigny[43]: ¿lo recordáis?
—No muy bien —dijo M. de Sartine sumamente pálido—, y creo, caballero, que probáis tener poco gusto cuando habláis del patÃbulo a un hombre como yo.