JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —¡Oh! Si os hablo de ello, caballero —dijo Balsamo—, es porque me figuro que aun estoy viendo a ese pobre de Enguerrando. Os aseguro que era un cumplido caballero de NormandÃa, descendiente de una familia muy antigua y de una casa muy noble. Era chambelán de Francia, capitán del Louvre e intendente de Hacienda y Marina, y además conde de Longueville, el cual es un condado de más importancia que el vuestro de Alby. Pues bien, caballero, yo lo he visto colgado en la horca de Montfaucon, que él mismo mandó levantar, y, a Dios gracias, no fue por falta de haberle repetido: «Enguerrando, mi querido Enguerrando, cuidado que procedéis en materia de Hacienda con una libertad que no os perdonará Carlos de Valois». No me atendió, caballero, y pereció desgraciadamente. ¡Ay! Si supieseis cuántos prefectos de policÃa he tratado yo desde Poncio Pilatos, que condenó a Jesucristo, hasta M. M. Bertin de Belle-Isle, conde de Bourdeilles y señor de Brantôme, antecesor vuestro, que estableció los faroles y prohibió llevar ramilletes de flores.
M. de Sartine levantóse, pretendiendo disimular, aunque inútilmente, la agitación que se habÃa apoderado de él.
—Pues bien —dijo—, acusadme si lo deseáis; ¿qué me importa el testimonio de un hombre como vos que no se apoya en nada?