JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Nada necesito saber que no sepa —dijo la du Barry—; devolvedme el cofre, pues ya comprenderéis que no habré ido a molestarme por una bicoca.
—¡En nombre del cielo, por el interés de Su Majestad, señora…!
Balsamo hizo un gesto de impaciencia.
—Venga el cofre, caballero —repuso la condesa con voz breve—; ¿me lo dais, sà o no? Pensadlo bien antes de decir que no.
—Como gustéis —dijo M. de Sartine humildemente.
Y presentó a la condesa el cofre, en que ya habÃa introducido Balsamo todos los papeles que estaban esparcidos en el bufete.
La du Barry volvióse hacia este, y le dijo con una sonrisa encantadora:
—Conde, tened la bondad de conducirme este cofre hasta mi carroza, y dadme el brazo para que no atraviese sola todas esas antesalas en que se ven unos rostros tan raros. Gracias, Sartine.
Y ya se dirigÃa Balsamo hacia la puerta con su protectora, cuando observó que M. de Sartine se disponÃa a tirar del cordón de la campanilla.