JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Es verdad, monseñor, y aún continuó algunos instantes desmayada; pero cinco minutos después de haber entrado el señor conde de Fénix en este aposento salió la señora de ese extraño desmayo de que no habÃamos podido hacerla volver, ni con esencias, ni con sales. De pronto abrió los ojos, se levantó en medio de todos nosotros, y respiró como con satisfacción.
—¡Proseguid!
—Después se dirigió hacia la puerta, y como monseñor no habÃa ordenado que la detuviéramos, se fue.
—¡Se ha ido! —exclamó M. de Sartine— ¡ah!, desdichados, haré que todos os pudráis en Bicètre. Pronto, pronto, que venga el dependiente mayor.
El portero salió enseguida a cumplir la orden que acababa de recibir.
—Ese miserable es hechicero —murmuró el infeliz magistrado—. Yo soy teniente de policÃa del rey, pero él lo es del diablo.
Seguramente habrá comprendido el lector lo que no podÃa explicarse M. de Sartine. Después de la escena de la pistola, y mientras que el teniente de policÃa procuraba tranquilizarse, aprovechándose Balsamo de aquel momento de respiro, se orientó, y volviéndose sucesivamente hacia los cuatro puntos cardinales, seguro de hallar a Lorenza en uno de ellos, mandó a la joven que se levantase, saliese y volviera por el mismo camino que habÃa tomado, es decir, la calle de San Claudio.