JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —¡Ah!, sÃ, acrecentados con unos celos que rayan en furia, y que producen los efectos que estáis viendo. Estoy ligado con una mujer que no atreviéndose a darme una puñalada porque no ignora que soy invulnerable, ha querido enterrarme en un calabozo o arruinarme.
—¿Cómo arruinaros?
—A lo menos asà lo pensaba.
—Conde, voy a mandar parar —dijo la du Barry riéndose—, ¿es el azogue que circula por vuestras venas el que os da esa inmortalidad que hace os delaten en vez de mataros? ¿Os apeáis aquà o deseáis que os deje en vuestra casa? Vamos, elegid.
—SerÃa demasiada bondad de vuestra parte molestaros por mÃ; además, tengo aquà a Djerid.
—¡Ah!, ¿ese hermoso caballo que, según afirman, corre tanto como el viento?
—¿Os agrada, señora?
—SÃ, es un corcel magnÃfico.
—Permitidme que os lo regale, pero con la condición de que únicamente vos lo habéis de montar.
—¡Oh!, no, gracias; no monto a caballo, o a lo menos lo hago muy tÃmidamente; pero la intención vale para mà tanto como el regalo. Adiós, conde, no os olvidéis que para dentro de diez años preciso mi filtro regenerador.
—He dicho veinte años.