JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —¿No me será acaso permitido?
—Señora, jamás dudéis de la ciencia. Cuando os dije sÃ, me creÃsteis; creedme también ahora que os digo que no.
—Pero en fin, ¿disponéis de algún medio para ello?
Y se detuvo sonriéndose.
—Terminad.
—¿Algún medio para anular la voluntad del rey e impedir sus caprichos?
Balsamo se sonrió a su vez, y dijo:
—Yo hago nacer simpatÃas.
—SÃ, no lo ignoro.
—Y no sólo lo sabéis, sino que lo creéis.
—Efectivamente, lo creo.
—Pues bien, del mismo modo crearé repugnancias, y en caso preciso imposibilidades. AsÃ, pues, tranquilizaos, condesa, que yo vigilo.
Balsamo soltaba todas estas palabras con aire tan distraÃdo, que la du Barry no lo hubiera tomado como lo tomó con respecto a la adivinación, si hubiera conocido la sed calenturienta que tenÃa Balsamo de hallar a Lorenza cuanto antes.
—Vamos —dijo—, está visto, conde, que no sólo sois mi profeta de buena dicha, sino además mi ángel custodio. ¡Atended bien a lo que os digo, conde, defendedme y os defenderé! ¡Alianza, alianza!