JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Perfectamente, señora —replicó Balsamo.
Y volvió a besar la mano de la condesa.
Enseguida, cerrando la portezuela de la carroza que la condesa habÃa mandado detener en los Campos ElÃseos, cabalgó sobre Djerid, el cual relinchó de alegrÃa y desapareció rápidamente en las sombras de la noche.
—¡A Luciennes! —exclamó la du Barry consolada.
Balsamo lanzó un silbido dulce, apretó levemente las rodillas y al sentirlas Djerid salió a galope.
Cinco minutos más tarde hallábase en el vestÃbulo de la calle de San Claudio, mirando a Fritz.
—¿Qué hay? —preguntó con ansiedad:
—Lo que anunciasteis, mi amo —contestó el criado que se habÃa acostumbrado a adivinar sus miradas.
—¿Ha regresado?
—Arriba está.
—¿En qué aposento?
—En el de las pieles.
—¿En qué estado?
—¡Oh!, muy fatigada; corrÃa tan rápidamente, que aunque la vi venir a lo lejos, porque estaba en acecho, ni siquiera tuve tiempo para salir a recibirla.
—¿Es cierto?