JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Vamos, maestro —dijo Balsamo con imperturbable paciencia, bajando al mismo tiempo la plancha hasta el suelo, situándose a su lado y moviendo el resorte para volver a colocar al viejo en su habitación—; ¿qué es lo que necesitáis?, hablad. DecÃs que os mato de hambre; ¿pero no estáis todavÃa en los cuarenta dÃas de dieta rigurosa?
—SÃ, es cierto, hace treinta y dos dÃas que empezó la obra de mi regeneración.
—¿Pues, entonces, de qué os quejáis? Conserváis en las vasijas agua llovediza que es la única que bebéis.
—Sin duda: ¿pero te figuras tú que yo soy algún gusano de seda para efectuar por mà solo la gran obra de rejuvenecerme y transformarme? ¿Te figuras tú que sin fuerzas he de poder componer yo solo mi elixir de la vida? ¿Crees tú que echado sobre un lado y debilitado por las bebidas refrigerantes, que es a lo que se reduce mi alimento, he de tener la imaginación tan despejada, si tú no me ayudas, para hacer, entregado únicamente a mis propios recursos, el minucioso trabajo de mi regeneración, cuando sabes, desdichado, que debe ayudarme y socorrerme un amigo?