JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Paréceme, amigo mÃo —replicó con dulzura—, que he acudido apenas habéis llamado.
—¡Yo tu amigo! —exclamó Althotas—; ¡yo amigo de un infame! Cuando hablas conmigo te figuras que estás hablando con los de tu ralea. Yo sà que he sido amigo para ti; más que amigo, padre; un padre que te ha alimentado, educado, instruido y dado riquezas. Pero ¿tú amigo para m� ¡Oh!, no, pues me abandonas, me matas de hambre, me asesinas.
—Vamos, maestro; si os alteráis se os enardece la sangre, vais a poneros malo.
—¡Malo!, eso es mofarse de mÃ. ¿He estado yo nunca malo cuando tú me has hecho participar, a pesar mÃo, de alguna de las miserias de la asquerosa condición humana? ¡Malo!, ¿se te ha olvidado que yo soy quién curo a los demás?
—En fin, maestro —repuso Balsamo con frialdad—, aquà me tenéis; no perdamos el tiempo miserablemente.
—SÃ, te aconsejo que me recuerdes eso; el tiempo, el tiempo que me obligas a economizar, cuando en mà no debÃa tener fin ni lÃmite el término otorgado a todas las criaturas. SÃ, mi tiempo se pasa, sÃ, estoy perdiendo tiempo; sÃ, mi tiempo, lo mismo que el de los demás, va cayendo en la cima de la eternidad de minuto en minuto, siendo asà que yo debÃa ser tan eterno como la misma eternidad.