JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Su pálido rostro, o por mejor decir, la parte de cara a que se había refugiado un resto de animación, tenía un color de púrpura producido por la rabia; sus manos largas y nudosas, como las de un esqueleto humano, tiritaban de frío chocándose entre sí; parecía que sus escondidos ojos cavilaban en sus órbitas y en un idioma que ni su mismo discípulo entendía, profería contra él los improperios más violentos.
Habiendo como había dejado su sillón para mover el resorte, parecía que únicamente vivía y se movía con sus largos brazos, delgados y redondos como los de una araña, y habiendo como había salido, según ya hemos dicho, de su cuarto, donde sólo penetraba Balsamo, estaba en camino de trasladarse a la habitación baja.
Para que aquel decrépito anciano, tan perezoso, hubiese abandonado su sillón, máquina inteligente que le ahorraba tener que cansarse; para que se hubiese fatigado, y salido de sus costumbres, era preciso un grande y extraordinario acontecimiento.
Balsamo sorprendido en cierto modo in fraganti delito, mostró asombro al principio y luego zozobra.
—¡Ah!, al fin estas aquí, holgazán —exclamó Althotas—, al fin has llegado, desagradecido; al fin te veo, infame.
Balsamo invocó en su auxilio la paciencia, como lo hacía siempre que hablaba con el anciano.