JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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—Sí, pero ¡y el elixir, que no está compuesto!, de eso te olvidas. Tu padre era más fiel que tú, de manera que, cuando llegué a mi primera cincuentena, había compuesto el elixir con un mes de anticipación. Para ello me retiré al monte Ararat, y un judío me facilitó, por tanto dinero como pesó, un niño cristiano que todavía mamaba; lo sangré según el rito, recogí las tres últimas gotas de sangre de su arteria, y en menos de una hora confeccioné mi elixir, al cual sólo faltaba este ingrediente. Así, pues, mi regeneración de cincuentena se realizó a las mil maravillas; durante la absorción de aquel elixir afortunado se me cayeron, de resultas de convulsiones, los dientes y el pelo; pero brotaron nuevamente, aunque los dientes bastante mal, porque no tuve la precaución de introducir el elegir en mi garganta por medio de un conducto de oro. Pero el pelo y las uñas volvieron a crecer en esa segunda juventud, y empecé a vivir de nuevo como si tuviera quince años; pero he vuelto a envejecer; he llegado al último término, y si el elixir no está compuesto y encerrado en esta botella, si no dedico toda mi atención a esta obra, perecerá conmigo la ciencia de un siglo, y el secreto, admirable, sublime, que me propongo descubrir, será perdido para el hombre, que llega en mí y por mí a la divinidad. ¡Oh!, si se frustra mi intento, si me engaño, si no salgo adelante, tú serás el culpable, Acharat; y mira que mi cólera será terrible, muy terrible.


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