JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Os juro, maestro, que Lorenza está tan pura como la sagrada Madre de Dios; os juro que amor, deseos, deleites mundanos, todo lo he sacrificado en bien de mi alma, porque también me ocupo yo en una obra de regeneración; sólo que en vez de aplicármela a mà únicamente, será para el mundo entero.
—¡Pobre necio! —exclamó Althotas—. Capaz es de volver a hablarme de sus cataclismos de oradores, y de sus revoluciones de hormigas; cuando yo le hablo de vida eterna, de eterna juventud.
—Que sólo puede adquirirse a costa de un crimen horroroso, y aun con eso…
—¡Pues no duda el desdichado!
—No dudo, maestro; pero supuesto que renunciáis al niño, según decÃs, vamos, ¿qué necesitáis?
—Una criatura virgen, sea hombre o mujer.
—Perfectamente, maestro —dijo Balsamo—; veré si lo encuentro.
Otro relámpago más terrible que el primero brotó de los ojos del viejo.