JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Poseo la ciencia, y por lo que se refiere al tiempo, espero vencerlo, pues mi dosis ha hecho que mis fuerzas desaparezcan casi por completo, y mis gotas blancas han provocado la expulsión de la parte de los restos de la naturaleza vieja. La juventud, parecida a la savia de los árboles en mayo, sube por debajo de la corteza, y expele, por decirlo asÃ, la madera antigua. Observa, Acharat, que los sÃntomas son excelentes: mi voz se ha debilitado, y mi vista ha disminuido en las tres cuartas partes; siento que me va faltando la razón por momentos; la transición del calor al frÃo no la he sentido, y por lo tanto es urgente para mà terminar mi elixir, a fin de que el mismo dÃa de mi segunda cincuentena pase de cien años a veinte. Todos los ingredientes que se necesitan para este elixir están dispuestos, el conducto ya está hecho, y sólo faltan las tres últimas gotas de sangre que te he dicho.
Balsamo hizo un movimiento de repugnancia.
—Está bien —dijo Althotas— renunciemos al niño, ya que es tan difÃcil, y mejor prefieres encerrarte con tu manceba que buscármelo.
—Ya sabéis, maestro, que Lorenza no es mi manceba —respondió Balsamo.
—¡Oh!, ¡oh!, ¡oh! —exclamó Althotas—, eso lo dices tú, creyendo sin duda que vas a imponerme a mà lo mismo que a la multitud. ¿Inmaculado tú, siendo como eres hombre?