JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —SÃ, caso de que lo encuentre, maestro, pero no, si no puedo proporcionarlo.
—¿Es decir, infame, que me expones a que muera? Capaz eres de economizar tres gotas de sangre de un animal inmundo y nulo como lo es la criatura que necesito, y dejar que ruede al abismo eterno una criatura tan perfecta como yo. Oye, Acharat, nada te pido ya —dijo el viejo con una sonrisa que causaba espanto—; no, absolutamente nada te pido: lo que haré será aguardar; pero, si no me obedeces, yo me serviré a mà mismo; si me abandonas, me socorreré yo mismo. Ya lo has oÃdo; ahora márchate.
Balsamo no contestó y puso alrededor del anciano lo que necesitaba para alimentarse.
Bajó la plancha, sin fijarse en la irónica mirada que le dirigÃa el anciano, y llegó adonde Lorenza continuaba dormida.