JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —¿Y te bastará cuando seas mi mujer? Porque ya ves que te amo con vehemencia.
—¡Oh!, lo sé; porque penetro tu corazón.
—¿Y me acusarás en alguna ocasión delante de los hombres o de Dios de que he sorprendido tu voluntad, y he engañado tu corazón?
—¡Oh!, nunca; por el contrario, delante de los hombres, en presencia de Dios te daré las gracias, por haberme otorgado el amor, que es la única felicidad, la única perla, el único diamante de este mundo.
—Pero nunca has de sentir haber perdido las alas, pobre paloma, porque es necesario que sepas que de hoy más no irás a buscar para mà en los espacios radiantes, junto a Jehová, el rayo de luz conque en otra época iluminaba la frente de sus profetas. Cuando quiera saber lo futuro, cuando quiera mandar a los hombres, tu voz no me contestará, ¡ay de mÃ! Hasta aquà he visto en ti la mujer a quien amaba y mi genio auxiliar, pero en lo sucesivo sólo veré uno de los dos, y aun…
—¡Ah!, ¿dudas? —exclamó Lorenza—; veo grabada la duda en tu corazón como si fuese una nube negra.
—¿Me amarás eternamente, Lorenza?
—¡Eternamente! ¡Eternamente!
—Pues bien, sea —dijo—. Por otro lado…
Durante un instante permaneció sumido en profunda meditación, y luego continuó diciendo: