JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —¡Oh! —dijo—, no puedo más; he resistido todo lo que puede resistir un ser humano. Demonio o ángel del porvenir, quien quiera que seas, ya estarás contento: bastante tiempo he sacrificado por egoÃsmo y orgullo todas las pasiones sublimes que arden en mÃ. No, no, no tengo derecho para rebelarme de esta suerte contra el único sentimiento humano que fermenta en el fondo de mi corazón. Adoro a esta mujer, la adoro; y este amor apasionado hace contra ella más que el odio por grande que fuese, pues le da la muerte. ¡Oh!, ¡qué débil soy, qué loco, qué feroz, cuando ni siquiera sé dominar mis deseos! ¡Cómo! Cuando exhale el último suspiro, cuando me disponga a presentarme delante de Dios, yo que soy un embustero, yo que soy un profeta falso; cuando me despoje en presencia del Supremo juez de la capa del artificio y la hipocresÃa; no tendré ni una acción generosa que poder confesar, ni una sola dicha cuyo recuerdo venga a consolarme en medio de los sufrimientos eternos… ¡Oh!, no, Lorenza, no; sé que con amarte pierdo el porvenir, sé que mi ángel revelador va a elevarse a los cielos asà que la mujer descienda a mis brazos. Pero ¿lo deseas tú, Lorenza, lo deseas?
—¡Amor mÃo! —suspiró esta.
—¿Conque aceptas esta vida ficticia, en lugar de la vida real y verdadera?
—Te lo suplico de rodillas, porque vivir asà es amar, y con tu amor seré dichosa.