JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Pues entonces, ¿qué es lo que temÃas? Vamos, habla. Balsamo juntó las manos y contempló a Lorenza con una expresión de terror que apenas hubiera acertado a comprender quien no penetrara su alma.
—¡Oh! —exclamó— ¡y que haya faltado poco para matar a este ángel; que haya estado yo a punto de morir de desesperación antes de resolver el problema de ser a un mismo tiempo feliz y poderoso que me olvidara de que los lÃmites de lo posible traspasan siempre el horizonte trazado por el estado actual de la ciencia, y que la mayor parte de las verdades que se han convertido en hechos, han pasado al principio por visiones; que haya yo creÃdo que todo lo sabÃa cuando todo lo ignoraba!
La joven se sonreÃa de un modo divino, y Balsamo siguió diciendo:
—Lorenza, Lorenza, el designio del Creador se ha decidido. Eva ha resucitado para mÃ; Eva, que no pensará sino en lo que yo piense, y cuya vida pende de un hilo que yo tengo entre mis manos. Esto es excesivo, Dios mÃo, para una sola criatura, y sucumbo al peso de tus bondades.
Esto diciendo se hincó de rodillas y estrechó en sus brazos con adoración aquella suave beldad que le contemplaba sonriéndose como no se sonrÃe en la tierra.