JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Permitid a lo menos que sea modesto.
—Corriente, mi querido conde, voy, pues, a deciros antes que nada lo que he hecho por vos.
—No lo consiento, señora, al contrario, hablemos de vos, os lo ruego.
—Pues bien, mi querido conde, empezad desde luego por prestarme esa piedra que hace a una invisible, porque en mi viaje creo haber visto, a pesar de la velocidad de mi carroza, a uno de los lacayos de Richelieu disfrazado.
—¿Y qué hacÃa ese lacayo, señora?
—Seguir mi carruaje con un postillón.
—¿Y a qué atribuÃs eso? ¿Qué objeto suponéis que tiene el duque al disponer que os sigan?
—Jugarme alguna mala pasada, pues por muy modesto que seáis, señor conde de Fénix, no ignoráis que Dios os ha dotado de bastante mérito personal para poder causar celos a un rey, ora venga yo a veros a vuestra casa, ora vayáis a la mÃa.
—M. de Richelieu, señora —respondió Balsamo—, no puede ser peligroso para vos en ningún caso.
—Pero lo era, querido conde, antes de suceder lo que ha sucedido.
Balsamo comprendió que aquellas palabras encerraban un misterio que Lorenza no le habÃa descubierto, y por el cual no quiso engolfarse en un terreno desconocido y se limitó a responder con una sonrisa.