JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —SÃ, lo era —repitió la condesa—, y poco ha faltado para haber sido yo vÃctima de la intriga mejor urdida que pueda concebirse, intriga en que vos tenéis alguna parte, conde.
—¡Yo intrigas contra vos! ¡Nunca, señora!
—¿No fuisteis vos quién proporcionó el filtro a M. de Richelieu?
—¿Qué filtro?
—Uno que hace enamorarse locamente al que lo toma.
—No, señora, esos filtros los confecciona M. de Richelieu mismo, porque hace mucho tiempo que conoce la receta; lo que yo le he dado es un narcótico y nada más.
—¡Ah! ¿Es cierto?
—Mi palabra de honor.
—¿Y qué dÃa entregasteis al duque ese narcótico? Acordaos —de la fecha, caballero.
—Fue el sábado último, señora, la vÃspera del dÃa en que tuve el honor de enviaros, por conducto de Fritz, la esquela en que os suplicaba tuvieseis la bondad de ir a buscarme a casa de M. de Sartine.
—La vÃspera de ese dÃa —repuso la condesa—, fue cuando el rey se trasladó a casa de la chica de Taverney. ¡Oh!, todo lo comprendo ahora.
—Entonces sabréis que yo no hice otra cosa sino dar el narcótico.