JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —SÃ, y ese narcótico nos ha salvado.
Balsamo aguardó, porque no sabÃa de qué se trataba.
—Mucho me alegro, señora —respondió—, de haberos sido útil en algo, aunque sin intención.
—¡Oh!, sois para mà un amigo inmejorable; pero aún podéis hacer en mi favor más de lo que hasta ahora habéis hecho. ¡Oh!, doctor, poéticamente hablando, he estado muy mala y me cuesta trabajo creer que me encuentro en la convalecencia.
—Señora —dijo Balsamo—, no extrañaréis que el médico, puesto que lo hay, investigue los pormenores de la enfermedad que debe curar. ServÃos, pues, informarme exclusivamente de lo que habéis sentido, sin olvidar ningún sÃntoma, a ser esto posible.
—Eso es muy fácil, querido doctor, o querido hechicero, como os plazca. La vÃspera del dÃa en que se administró vuestro narcótico, Su Majestad no quiso acompañarme a Luciennes, alegando para quedarse en Trianón que estaba fatigado; pero después supe que mi mentiroso rey deseaba cenar con el duque de Richelieu y el barón de Taverney.
—¡Ah!, ¡ah!