JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Vais comprendiendo, ¿no es asÃ? Durante la cena dieron al rey el filtro amoroso, y como sabÃan que estaba enamorado de la señorita de Taverney y que no irÃa a verme a la mañana siguiente, es evidente que querÃan obrase en favor de esa joven.
—¿Y qué más?
—¿Qué más?…
—Que hizo efecto el filtro.
—¿Y qué sucedió entonces?
—DifÃcil es saberlo de un modo positivo. No obstante, personas bien informadas vieron que Su Majestad se dirigÃa hacia el departamento de la servidumbre, es decir, hacia el aposento de la señorita de Taverney.
—Sé donde vive: ¿y luego?
—¡Qué ejecutivo sois, conde! Luego… sabed que es peligroso seguir a un rey que se esquiva de las miradas de otro.
—Pero, en fin…
—En fin, sólo he averiguado que Su Majestad en medio de la tormenta espantosa que hizo aquella noche volvió a Trianón pálido, y temblando y con una fiebre que le hacÃa delirar.
—¿Y suponéis —preguntó Balsamo—, que el rey no sólo tenÃa miedo de la tormenta y no de alguna otra cosa?
—SÃ, porque el ayuda de Cámara le oyó exclamar frecuentemente: «¡estaba muerta, muerta!».