JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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—¡Oh! —dijo Balsamo.

—Sin duda era el narcótico —continuó la du Barry—, y como nada infunde tanto miedo al rey como un muerto y la imagen de un cadáver, encontró a la célica de Taverney dormida de un modo extraño, y creyó que estaba muerta.

—Sí, sí, muerta efectivamente —dijo Balsamo acordándose de que había huido del lado de Andrea sin despertarla—; muerta o a lo menos con todas las apariencias de la muerte. ¿Y qué más, señora, qué más?

—Nadie ha sabido, pues, lo que ocurrió aquella noche, o más bien el principio de ella. Lo cierto es que al rey le entró una calentura muy fuerte y acometiéronle estremecimientos nerviosos que no desaparecieron hasta la mañana siguiente, cuando la delfina tuvo la idea de mandar abrir las ventanas de la regia estancia, y mostrar a Su Majestad varios semblantes risueños iluminados por un sol hermoso. Entonces desaparecieron las visiones que le habían martirizado durante la noche; a eso del medio día mejoró el rey, tomó un caldo y se comió un alón de perdiz, y por la tarde…

—¿Qué ocurrió por la tarde? —preguntó Balsamo.


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