JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Por la tarde —repitió la du Barry—, no queriendo, sin duda, Su Majestad permanecer en Trianón, donde tanto miedo habÃa pasado la vÃspera, fue a visitarme a Luciennes, donde conocà aquella noche, querido conde, que M. de Richelieu es casi tan brujo como vos.
El aspecto triunfante de la condesa y el picaresco gesto con que contempló estas palabras, tranquilizaron por completo a Balsamo acerca del dominio que ejercÃa aún la favorita sobre el rey.
—¿Estáis satisfecha de mÃ, señora?
—Entusiasmada, conde, os lo juro; he conocido que cuando me hablasteis de crear imposibles decÃais la verdad.
Y como para darle las gracias le extendió aquella mano tan blanca, suave y perfumada, que no era tan fresca como la de Lorenza, pero cuyo calor tenÃa además su poco de elocuencia.
—Ahora toca hablar de vos, conde —dijo.
Balsamo se inclinó como hombre que está decidido a escuchar.
—Si me habéis librado de un gran riesgo —prosiguió diciendo la du Barry—, creo que yo también os he librado de un peligro enorme.
—No necesitaba eso —dijo Balsamo ocultando su emoción—, para estaros agradecido; queréis decirme no obstante…
—SÃ, aún andamos con el cofre a vueltas.