JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Ante todo trató M. de Sartine de hacer que yo saliera; pero me negué a ello, manifestando que, como persona más adicta que nadie al rey, ninguno tenÃa derecho para hacerme salir cuando se le decÃa que corrÃa riesgo. M. de Sartine insistió, pero yo me negué, y el rey dijo sonriéndose y mirándome de cierto modo que conozco muy bien: «Dejadla, Sartine, pues hoy nada le puedo negar». Entonces, ya supondréis, conde, que acordándose M. de Sartine de nuestra última despedida, temió desagradarme si os amaba. La tomó, pues, con la mala voluntad que el rey de Prusia tiene a Francia, y acerca de lo dispuestos que se encuentran los ánimos a valerse de cosas sobrenaturales para facilitar la marcha de su rebelión, acusando, para decirlo de una vez, a una porción de gente, y demostrando con las cifras que tenÃa en la mano, que esa gente es culpable.
—¿Y de qué?
—¿De qué?… Conde, ¿debo descubriros secretos de Estado?
—Esos secretos son nuestros también, señora, y nada arriesgáis a fe mÃa en revelarlos, porque creo que tendré interés en no hablar de ellos.