JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Tú no me has amado nunca —replicó frÃamente Gilberto—, no he hecho más que agradarte. Viniste de Nancy, donde sólo habÃas visto seminaristas que te causaban risa o militares que te asustaban. Ambos éramos jóvenes, inocentes y deseosos de dejar de serlo; la Naturaleza nos hablaba con su lenguaje irresistible. Hay una cosa en nuestras venas que se enciende, cuando anhelamos algo; cierta inquietud cuyo remedio se busca en los libros, que lejos de aminorarla, la fomentan. Acuérdate que estábamos leyendo, no cuando cediste, porque bien sabes que nada tuve que solicitar de ti, puesto que nada me rehusaste; sino cuando hallamos el nombre de un secreto desconocido, y ese nombre fue durante uno o dos meses felicidad. En este tiempo, en vez de existir, no hemos hecho otra cosa que vegetar. ¿Y quién dirÃa que hemos de ser eternamente infortunados el uno por el otro, porque hemos sido dos meses felices el uno por el otro? Calla, mujer, si se comprometiera uno de tal manera al dar y recibir la felicidad, serÃa preciso renunciar al libre albedrÃo, y esto es un absurdo.
—¿Son esas las máximas que enseña la filosofÃa?
—Estas son.
—¿Luego los filósofos nada respetan?
—Respetan la razón.
—De modo, que yo que deseaba ser honrada…
—Perdóname, si te digo que es ya muy tarde…