JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Enrojeció y palideció a un tiempo el rostro de la joven, como si una rueda hiciera que cada gota de su sangre diera vueltas en rededor de su cuerpo.
—Honrada, según tú mismo; recuerda que frecuentemente has dicho, para consolarme, que una esposa es honrada, cuando guarda fidelidad a aquel a quien ha entregado su corazón. ¿Has olvidado ya esa teorÃa sobre los casamientos?
—Yo no hablé de casamientos, sino de uniones, pues siempre he estado decidido a no casarme.
—¿Qué nunca te casarás?
—Nunca. Tengo el empeño de ser sabio y filósofo. La ciencia impone el aislamiento del espÃritu, y la filosofÃa el del cuerpo.
—Sois un hombre despreciable, señor Gilberto, y ahora comprendo que valgo más que vos.
—En una palabra —dijo aquel levantándose—, no perdamos el tiempo tú injuriándome y yo escuchando. Me has amado porque has querido, ¿no es as�
—Asà es.
—Luego no es razón para hacerme desgraciado que hayas hecho tu gusto.
—¡Qué necio! —dijo la doncella—, me cree pervertida y finge no temerme.
—¡Temerte yo! Estás loca, ¿qué harás contra m� Vamos, los celos te ofuscan.