JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —¡Celos! —contestó con febril sonrisa la joven—, ¡bah!, no desatines. ¿Y de quién habÃa de tenerlos? ¿Hay quizás una muchacha más linda que yo, en estos contornos? ¿Si tuviera las manos blancas, como las tendré el dÃa que no trabaje, no valdré tanto como la señorita?, ¿y mis cabellos?, mÃralos —y la joven soltó la cinta que los sujetaba—; mis cabellos pueden cubrirme desde la cabeza hasta los pies. Soy alta, estoy bien formada —y Nicolasa apretaba su talle entre sus manos—. Mis dientes son perlas. Si miro a alguno y me sonrÃo, se sonroja y estremece no pudiendo resistir la penetración de mi mirada, y aunque seas el primer amante que haya tenido, no eres el primer hombre con quien he coqueteado. Escucha, Gilberto —añadió la joven imperativamente—, ¿te rÃes?, pues créeme, no me obligues a declararte la guerra, no quieras que me aparte en absoluto del estrecho sendero en que me detiene todavÃa no sé qué vago recuerdo de los consejos de mi madre, y qué monótona prescripción de mis plegarias de la niñez. Teme, Gilberto, si pierdo simplemente el pudor, porque no sólo responderás de las desgracias que recaigan sobre ti, sino también de las que resulten a los demás.
—Enhorabuena —replicó este—, veo que te vas elevando excesivamente, y me voy convenciendo de una cosa.
—¿De qué cosa?