JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —De que si pretendiera ahora casarme contigo…
—Bien.
—No habÃas de querer.
Después de algunos instantes de meditación, Nicolasa contestó crispando sus manos y rechinando los dientes:
—No te equivocas, Gilberto. Me figuro que también principio a subir esa montaña de que hace poco hablaste; creo además que mi horizonte se ensancha; creo que estoy predestinada a figurar en el mundo, y que es muy pobre suerte ser mujer de un sabio o de un filósofo. Toma ahora tu escalera, y procura no romperte la cabeza, aunque me parece que esto serÃa una gran felicidad para los demás y aun tal vez para ti mismo.
Al decir esto, nuestra joven volvió la espalda a su amante, y empezó a desnudarse como si no estuviera presente.
Gilberto permaneció un instante impasible, indeciso, dudoso; porque la poesÃa de la cólera y la llama de los celos, habÃan revestido a Nicolasa de irresistible encanto, pero decidido a realizar su propósito de romper con ella, resistió aquella tentación que perjudicarÃa a un mismo tiempo a su amor y su ambición.
Transcurridos algunos segundos, Nicolasa, que habÃa notado que el mayor silencio reinaba en su habitación, tendió la vista en torno suyo, y se halló sola.
—¡Marchó! —murmuró—. ¡SÃ…, marchó!