JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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—¡Pero no con sangre humana! —dijo Balsamo pasándose la mano por la frente cubierta de sudor.

—¡Ah, qué olfato tan delicado posees! —dijo Althotas—; no presumía que pudiera distinguirse la sangre del hombre de la de un animal cualquiera.

—¡Sangre humana! —murmuró Balsamo.

Y al intentar apoyarse, porque se tambaleaba, en algún mueble que estuviese a mano, descubrió horrorizado un gran barreño de cobre, cuyos brillantes bordes reflejaban el color purpúreo de sangre recién sacada.

La enorme vasija se hallaba llena hasta la mitad.

Balsamo retrocedió espantado, exclamando:

—¡Oh!, ¿de quién es esa sangre?

Althotas no respondió, pero no se le escapaba ninguno de los movimientos, mareos y terrores de Balsamo.

De pronto exhaló este un rugido terrible, y bajándose como si quisiera apoderarse de una presa, se dirigió a un punto de la habitación y recogió del suelo una cinta de seda recamada de plata, de la cual pendía una larga trenza de pelo negro, reinando después de aquel grito un silencio supremo.

Balsamo levantó lentamente aquella cinta y examinó estremeciéndose, el pelo, de cuya punta pendía clavado en la seda un alfiler de oro, comprendiéndose que aquel mechón había sido cortado de una cabellera sujeta con una franja, en cuyo extremo se veían manchas encarnadas y espumosas que parecían de sangre.


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