JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico A medida que Balsamo iba levantando la mano temblaba esta más y más.
A medida que Balsamo examinaba con más atención aquella cinta manchada, se tornaban sus mejillas amoratadas.
—¡Oh! ¿De dónde proviene esto? —murmuró, pero en tono bastante alto, no obstante, para que sus palabras fuesen una pregunta para cualquier otro que no fuera él.
—¿Eso? —contestó Althotas.
—SÃ, esto.
—Es una cinta de seda para el cabello.
—¿De qué está mojado este cabello?
—De sangre, ya lo ves.
—¿Y qué sangre es esa?
—¡Cuál ha de ser, vive el cielo! La que necesitaba para mi elixir, la que no quisiste darme y me he proporcionado yo mismo.
—Pero ¿a quién habéis cortado esta, trenza, de quién es esta cinta? Esto pertenece a un niño.
—¿Y quién te ha dicho que he degollado a un niño? —preguntó Althotas tranquilamente.
—¿No os era precisa sangre de un niño para hacer vuestro elixir? ¡Vamos, no me habÃais dicho esto!
—O de una virgen, Acharat, de una virgen.