JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Y Althotas alargó su descarnada mano, cogiendo de encima del brazo del sillón una redoma cuyo contenido saboreó con delicia.

Después, con el tono más natural del mundo, con afectuoso acento, dijo:

—Muy bien, Acharat; obraste con prudencia y previsión colocando a esa mujer debajo de este piso, y casi donde yo pudiera alcanzarla, porque de este modo no tiene de qué quejarse la humanidad, ni que reprender la ley cosa alguna. No has sido tú quien me has dado la virgen sin cuya sangre hubiera muerto tu maestro, que la he tomado yo; gracias, pues, amado discípulo, gracias, mi querido Acharat.

Y volvió a saborear el contenido de la redoma.

Balsamo dejó caer el mechón de pelo que guardaba en la mano, y una luz horrible deslumbró su vista.

Enfrente de él había una gran mesa de mármol que el viejo tenía siempre llena de plantas, libros y redomas; pero a la sazón se hallaba cubierta con un largo paño de damasco blanco, salpicado de flores oscuras, dando en él la rojiza luz que despedía la lámpara de Althotas, la cual dibujaba unas formas siniestras que Balsamo no había visto hasta entonces.

Este agarró el paño por una punta y tiró con fuerza.


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