JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Mas entonces se le erizaron los cabellos, y su boca entreabierta no pudo dejar salir el horroroso grito que se ahogó en el fondo de su garganta.
Bajo aquel sudario encontró el cadáver de Lorenza; de Lorenza, tendida sobre la mesa, con el rostro amoratado, pero risueño aún, y cuya cabeza pendÃa hacia atrás como arrastrada por el peso de sus luengos cabellos.
Por cima de la clavÃcula tenÃa una ancha herida y ni una gota de sangre salÃa ya.
Sus manos estaban tiesas y sus ojos cerrados bajo unos párpados de color de violeta.
—SÃ, sangre, sangre de virgen, las tres últimas gotas de la sangre arterial de una virgen; esto era lo que me era preciso —dijo el viejo saboreando por tercera vez el contenido de su redoma.
—¡Miserable! —exclamó Balsamo, cuyo desesperado grito se escapó al fin por cada uno de sus poros—; ¡muere, miserable, porque hace cuatro dÃas que era mi querida, mi amante, mi esposa! La has matado para nada, porque no estaba virgen…